PAP0898 - La obsesión por la legitimidad en la modernidad
Se puede considerar la modernidad como la época de la contingencia, es decir, como la época en la que no se da necesariedad alguna en el ámbito de lo que es, pues podría no ser o ser de otra manera. Esta situación conlleva, irremediablemente, una sensación de inseguridad e incertidumbre, a la par que una búsqueda de seguridad y consistencia que compense esa carencia conformadora y definitoria de las sociedades avanzadas. En cierto sentido, este diagnóstico es coincidente con el de Nietzsche, cuando señala al nihilismo como la esencia de occidente.
Desde el plano configurativo de toda sociedad, el hecho de que su propia legitimación devenga contingente establece que, por compensación, se produzca un exceso, casi en forma de obsesión, por la legitimación misma, conduciendo a lo que Odo Marquard ha dado en llamar la tribunalización de la vida moderna. Todo lo que pertenece al ámbito de la modernidad adolece de un defecto de legitimidad y, por lo mismo, de un exceso de ejercicio de autolegitimación. Prueba de ello es la imparable proliferación de protocolos, procedimientos, pautas, inspecciones, etc. relacionadas con agencias de evaluación y calificación que buscan acreditar la “calidad” de lo, en cada caso, evaluado.
La génesis de esta obsesión por la legitimación en la modernidad, que no deja de ser la otra cara de la moneda de la modernidad como ámbito de lo contingente, se va fraguando desde los comienzos del helenismo, con el surgimiento, por ejemplo, del fenómeno “religión”, hasta el cambio epocal que autores como Blumenberg, Koselleck, o Marquard, sitúan a mediados del siglo XVII.
El cuestionamiento de los mitos propios de la modernidad, como pueden serlo el de la calidad, la seguridad, el progreso, la identidad o la legitimidad, puede indicar la forma en la que hemos de hacernos cargo de la contingencia inherente a nuestra época, y que quizá pase por asumir la contingencia como tal en vez de reducirla programaticamente, del mismo modo que para Nietzsche lo que hay que hacer con el nihilismo es asumirlo. En este sentido, la legitimación o el fundamento no pueden recaer en un saber de tipo teleológico, pues todo fin o todo límite se presenta de forma arbitraria, incierta, contingente, nihilica.